jueves, 18 de junio de 2026

¡Viva Chile, mierda!

 El puerto de Valparaíso brillaba bajo el sol de verano. Arturo Prat, con su uniforme impecable y esa mirada seria que hacía temblar a medio Chile, caminaba por el muelle revisando los preparativos del buque.

Gabibi estaba apoyada en un poste, con el cabello suelto y una sonrisa traviesa, bromeando con él como siempre.  

—Capitán, si sigues mirándome así voy a pensar que prefiere quedarse en tierra firme conmigo en vez de irse a la gloria —le dijo, guiñándole un ojo.

Arturo soltó una risa baja, casi tímida.  

—Gabibi, usted es un peligro para la disciplina naval.

En ese momento, Anto apareció caminando por el muelle con paso decidido. Llevaba un vestido sencillo pero elegante, y en cuanto Arturo la vio, su expresión cambió. Esa mirada que le dedicaba a Gabibi se suavizó de otra forma… más profunda, más nerviosa.

—Anto —murmuró él, casi sin darse cuenta.

Gabibi levantó una ceja, divertida pero con un pequeño pinchazo en el pecho.  

—Vaya… parece que el capitán tiene dos banderas que lo llaman.

Anto se acercó y se detuvo frente a él, mirándolo directamente a los ojos.  

—Vine a despedirte… y a recordarte que no solo luchas por Chile. Hay personas aquí que también te esperan.

El silencio fue corto pero pesado. Arturo miró a Gabibi (quien le sonreía con esa chispa retadora que tanto le gustaba) y luego a Anto (cuya sinceridad y calidez lo desarmaban por completo).

Las dos le gustaban. De formas distintas, pero con la misma fuerza.

Gabibi se cruzó de brazos y soltó una risita.  

—Así que… ¿triángulo, capitán? Qué moderno se puso el héroe de Iquique.

Arturo se pasó una mano por el cabello, claramente afectado.  

—Esto no es una batalla que sepa cómo ganar —admitió en voz baja.

Anto dio un paso más cerca y, con una valentía que sorprendió a los tres, tomó la mano de Arturo un segundo.  

—No tienes que elegir hoy. Pero cuando vuelvas… vamos a estar las dos aquí. Y vas a tener que mirarnos a las dos a los ojos y decidir qué late más fuerte en ese corazón tuyo.

Gabibi se acercó también, rozando el otro brazo de Arturo.  

—Y si no eliges… bueno, tal vez las dos te robemos el barco y te secuestremos.

Arturo Prat, el hombre que nunca retrocedía ante el enemigo, se sonrojó por primera vez en mucho tiempo.

—Que Dios me ayude… —susurró, sonriendo entre las dos.


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Valparaíso, 21 de mayo de 1879. Tarde.

El grito recorrió el puerto como un balazo:

—¡El Esmeralda se hundió! ¡El capitán Prat murió en combate!

Gabibi estaba riendo con unas amigas cerca del mercado cuando las palabras la golpearon. Se quedó congelada, con la sonrisa todavía en la cara como si el tiempo se hubiera roto. El canasto de frutas se le cayó de las manos.

—¿Qué… qué dijiste? —preguntó con voz ronca.

Una mujer mayor, con los ojos llenos de lágrimas, repitió:

—Arturo Prat murió… luchando hasta el final. Abordó el Huáscar con espada en mano. Viva Chile, carajo.

Gabibi sintió que el mundo se inclinaba. Dio dos pasos tambaleantes y se apoyó contra una pared. Las lágrimas le brotaron sin permiso.

—No… —susurró—. No él… Ese idiota valiente, ese…

Empezó a llorar con rabia, golpeando la pared con el puño.

—¡Maldito seas, Arturo! ¡Te dije que volvieras! ¡Me prometiste que ibas a volver, hijo de puta!

Se dejó caer sentada en el suelo, abrazándose las rodillas, sollozando sin consuelo mientras repetía entre dientes:

—Viva Chile… mierda… viva Chile…


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Al otro lado del puerto, Anto se enteró por un oficial joven que llegó corriendo a su casa. El muchacho apenas pudo terminar la frase antes de que ella palideciera.

Cuando escuchó “Prat cayó en Iquique”, Anto sintió que algo se rompía dentro de su pecho. Se quedó muda unos segundos, con la mano en la boca.

Luego llegó el llanto. Silencioso al principio, solo lágrimas cayendo. Después un gemido ahogado que se transformó en un sollozo fuerte, desgarrador.

Se arrodilló en el suelo de la sala, apretando contra su pecho la bufanda que Arturo le había devuelto la última vez que se vieron.

—Arturo… —lloró—. Mi Arturo… ¿Por qué siempre tenías que ser el más valiente? ¿Por qué no pudiste ser un poco más cobarde… solo por mí?

Recordó su última mirada en el muelle, esa mirada que repartía entre ella y Gabibi, y sintió una mezcla horrible de orgullo y dolor.

—Diste tu vida por la patria… —susurró entre lágrimas—. Y yo te amé por eso… y te odio un poco también.


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Esa misma noche, Gabibi y Anto se encontraron sin planearlo frente al monumento improvisado que la gente había armado en la plaza con velas y flores.

Se miraron. Ambas tenían los ojos rojos e hinchados. No hubo palabras al principio.

Gabibi fue la primera en hablar, con la voz rota:

—Las dos lo queríamos… y las dos lo perdimos.

Anto asintió, mordiéndose el labio para no volver a llorar.

—Él nos dejó con un triángulo que nunca va a cerrar… —dijo bajito.

Gabibi se acercó y, contra todo pronóstico, la abrazó con fuerza. Anto se dejó abrazar.

—Viva Chile, mierda… —susurró Gabibi contra su hombro.

—Viva Chile… —respondió Anto, llorando de nuevo.

Y ahí, bajo la luz de las velas, las dos mujeres que amaron al mismo héroe se sostuvieron la una a la otra, compartiendo un dolor que nadie más podía entender del todo.

Las velas parpadeaban en la plaza. Gabibi y Anto seguían abrazadas, como si soltarse significara caer al vacío. Al cabo de un rato, se separaron lentamente y se sentaron en el borde de una fuente cercana. El silencio era cómodo, cargado de dolor compartido.

Gabibi fue la primera en hablar, mirando las llamas de las velas.

—Fue en un baile de la Armada… —dijo con una sonrisa triste—. Yo estaba ahí porque mi prima me arrastró. No me gustaban los militares, ¿sabes? Me parecían todos tiesos y aburridos. Pero entonces entró él.

Hizo una pausa, tragando saliva.

—Arturo Prat. Uniforme negro, espada al costado, esa cara de “soy serio pero tengo algo más debajo”. Me miró solo un segundo cuando pasé cerca y me tropecé como idiota. Él me sostuvo del brazo. Me dijo con esa voz calmada: “Cuidado, señorita. El suelo de Valparaíso es traicionero”.

Gabibi soltó una risa débil entre lágrimas.  

—Yo le respondí: “El suelo no, capitán. El que es peligroso es usted”. Él se rio. Fue la primera vez que lo vi reír de verdad. Desde esa noche no pude sacármelo de la cabeza.

Anto la escuchaba con atención, limpiándose las mejillas.

—Para mí fue diferente… —murmuró—. Fue en la iglesia de La Matriz. Yo ayudaba repartiendo ropa para familias de marineros. Él llegó un domingo con unos libros que quería donar. Me vio cargando un bulto demasiado pesado y, sin decir nada, me lo quitó de las manos.

Sonrió con ternura recordándolo.

—Era tan alto… Me miró desde arriba y me preguntó mi nombre. Cuando se lo dije, repitió “Anto” como probando cómo sonaba. Me dijo que admiraba a las personas que ayudaban sin esperar nada a cambio. Hablamos casi una hora ese día. De Chile, de la vida, de lo que significa servir a algo más grande que uno mismo. Me fui a casa con el corazón latiendo tan fuerte que pensé que se me iba a salir.

Anto bajó la mirada hacia sus manos.

—Desde ese día cada vez que lo veía en el puerto sentía que el sol brillaba más. Aunque sabía que él miraba a las dos… nunca me importó del todo. Porque cuando estaba conmigo, sentía que era solo mío por unos minutos.

Gabibi asintió, secándose los ojos con la manga.

—Conmigo era distinto. Yo lo hacía reír. Lo retaba. Le decía que era un héroe de novela y que algún día se iba a meter en un problema del que no podría salir. Él me respondía: “Por eso te tengo cerca, Gabibi. Para que me recuerdes que soy humano”.

Se le quebró la voz.

—Y mira… al final tenía razón. Se metió en el problema más grande de todos.

Anto extendió la mano y tomó la de Gabibi.

—Las dos lo conocimos de formas distintas… —dijo suavemente—. Pero las dos lo quisimos de la misma manera.

Gabibi apretó su mano con fuerza.

—Sí. Y las dos vamos a extrañarlo igual. Ese hombre terco, valiente y demasiado bueno para este mundo… nos dejó con el corazón roto, pero también nos dejó un orgullo que nadie nos va a quitar.

Las dos miraron hacia el mar oscuro, donde en algún lugar descansaba el Esmeralda.

—Viva Chile, mierda… —susurró Gabibi otra vez.

—Viva Chile… —repitió Anto—. Y viva Arturo Prat.

Se quedaron ahí un largo rato, hombro con hombro, recordando al mismo hombre que las había unido en vida… y que ahora, en la muerte, las mantenía unidas.

De pronto, unas botas pesadas resonaron sobre los adoquines. Manu se detuvo a unos metros, con el uniforme todavía sucio del día y la cara marcada por el cansancio y el dolor. Había sido el mejor amigo de Arturo, casi como un hermano, y todos en Valparaíso sabían que si alguien conocía los secretos del capitán Prat, ese era él.

Manu las miró. Vio el abrazo que acababan de compartir, las manos todavía entrelazadas, y soltó un suspiro largo y cansado.

—Así que al final se encontraron… —murmuró, acercándose—. Él siempre supo que esto iba a pasar.

Gabibi levantó la vista primero, con los ojos rojos pero desafiantes.

—¿Qué sabes tú, Manu? —preguntó con voz ronca.

Anto apretó un poco más la mano de Gabibi, pero no dijo nada. Solo esperó.

Manu se sentó frente a ellas, en el borde de la fuente, y se pasó las manos por la cara.

—Hablé con él la noche antes de zarpar. Estaba más callado que de costumbre. Le pregunté qué le pasaba y… me lo contó todo. Les juro que nunca vi a Arturo tan confundido y tan seguro al mismo tiempo.

Hizo una pausa, mirando las velas que parpadeaban.

—Me dijo: “Manu, estoy enamorado de las dos. De Gabibi me gusta ese fuego, esa forma que tiene de retarme y hacerme sentir vivo. Con ella nunca puedo ser solo el capitán serio… me obliga a ser hombre. Y de Anto… con ella siento que puedo bajar la guardia. Es paz, es hogar, es lo que quiero defender cuando todo esto termine”.

Gabibi soltó un sollozo ahogado y Anto se mordió el labio con fuerza.

Manu continuó, más bajo:

—Le pregunté qué iba a hacer. Y el muy terco me respondió: “Cuando vuelva, voy a hablar con las dos. No voy a elegir como si fueran un trofeo. Les voy a decir la verdad… que las quiero a las dos y que, si me aceptan, voy a aprender a amarlas sin lastimar a ninguna”. Se rio y agregó: “Ojalá no me maten en Iquique, porque esto va a ser más difícil que abordar el Huáscar”.

Manu levantó la mirada y las observó a ambas con una mezcla de tristeza y cariño.

—Ustedes dos fueron lo último que tuvo en la cabeza antes de subir al bote para abordar. Me lo confesó. Dijo que si moría, al menos se iba sabiendo lo que era que dos mujeres increíbles lo quisieran con tanta fuerza.

Se inclinó hacia adelante y puso una mano sobre las manos entrelazadas de las chicas.

—Así que no sé qué va a pasar ahora entre ustedes. Pueden seguir siendo rivales, pueden pelearse, pueden hasta odiarse por un tiempo… pero sepan esto: Arturo no las vio como contrincantes. Las vio como las dos mujeres que le hicieron querer volver vivo.

Manu se levantó lentamente, con la voz quebrada al final.

—Y yo le prometí que si no regresaba, les iba a decir todo esto. Ya cumplí. Ahora… cuídense. Porque si él las vio dignas de su corazón, es porque las dos son mucho más de lo que creen.

Manu dio unos pasos para irse, pero se detuvo y miró hacia atrás.

—Ah… y me pidió que les dijera algo más: “Diles que no fue en vano. Que cada mirada, cada risa, cada palabra valió la pena”.

Dicho esto, Manu se alejó por la plaza, dejando a Gabibi y Anto solas otra vez con sus lágrimas y sus recuerdos.

Gabibi apoyó la cabeza en el hombro de Anto.

—Qué hijo de puta… —susurró con una sonrisa rota—. Hasta muerto nos dejó complicadas.

Anto soltó una risa entre lágrimas y apretó su mano.

—Sí… pero era nuestro hijo de puta.


2 comentarios:

  1. creo que es mejor a la literatura contemporánea, refleja mucha emoción y dedicación a la hora de escribirse 👏

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    1. ignoremos que es un fanfic de nosotras x Prat 💜💜

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